7 de septiembre de 2011
PIEL DE OSO
Un joven soldado que atravesaba un bosque, fue a encontrarse con un mago. Este le dijo:
-Si eres valiente, dispara contra el oso que está a tu espalda.
El joven disparó el arma y la piel del oso cayó al suelo. Este desapareció entre los árboles.
-Si llevas esa piel durante tres años seguidos -le dijo el mago- te daré una bolsa de monedas de oro que nunca quedará vacía. ¿Qué decides?
El joven se mostró de acuerdo. Disfrazado de oso y con dinero abundante, empezó a recorrer el mundo. De todas partes le echaban a pedradas. Sólo Ilse, la hermosa hija de un posadero, se apiadó de él y le dio de comer.
-Eres bella y buena, ¿quieres ser mi prometida? -dijo él.
-Sí, porque me necesitas, ya que no puedes valerte por ti mismo -repuso Ella.
El soldado, enamorado de la joven, deseaba que el tiempo pasase pronto para librarse de su disfraz. Transcurridos los tres años, fue en busca del mago.
-Veo que has cumplido tu promesa
-dijo éste-. Yo también cumpliré la mía. Quédate con la bolsa de oro, que nunca se vaciará y sé feliz.
En todo aquel tiempo, Ilse lloraba con desconsuelo.
-Mi novio se ha ido y no sé dónde está.
-Eres tonta -le decía la gente-; siendo tan hermosa, encontrarás otro novio mejor.
-Sólo me casaré con "Piel de Oso"
-respondía ella.
Entonces apareció un apuesto soldado y pidió al posadero la mano de su hija. Como la muchacha se negara a aceptarle, él dijo sonriente:
-¿No te dice el corazón que "Piel de Oso" soy yo?
Se casaron y no sólo ellos fueron felices sino que, con su generosidad, hicieron también dichosos a los pobres de la ciudad.
Fin
5 de septiembre de 2011
RECUERDOS DE LA NIÑEZ: LAS MUÑECAS RECORTABLES
Cuando era una niña estaba deseando que llegaran los domingos para que me dieran la propina y así poder ir al kiosko a comprarme una muñequita recortable.
Recuerdo la impaciencia al abrirla y ver todos los vestiditos que traía, los nervios al recortarla con todo el cariño del mundo, y las lágrimas si alguna vez la recortaba mal o se me rompía.
Aquí os dejo una muestra de las que eran mis favoritas:
La editorial Roma, sin duda, una de las más significativas:
También la editorial Bruguera tenía unas muñequitas que me encantaban, aquí os dejo una, que además me envió otra bloguera, ¡Gracias Marta!
TIENE MUCHOS MÁS VESTIDOS Y ES UNA PRECIOSIDAD
Esta es sólo una pequeña muestra de toda esa gran colección que hay detrás de los recortables de muñecas. En breve compartiré muchos más con todas vosotras
La muchacha caracol
La muchacha caracol es un cuento de origen tibetano que me contaron cuando era pequeña y hoy, al navegar por la red, me lo encontrado de pronto y me ha traído buenos recuerdos. Ahora quiero compartirlo con vosotros.
LA MUCHACHA CARACOLCierta vez y en cierto lugar había tres hermanas: la hermana Oro, la hermana Plata y la hermana Caracol. Las tres eran inteligentes, laboriosas y bellas como los crisantemos de la montaña. La hermosura de las muchachas cobró fama por lo que el ir y venir de los jóvenes de las aldeas cercanas y lejanas para proponerles matrimonio era tan interminable como la ronda de las abejas en la primavera. Sin embargo, las hermanas Oro y Plata tenían muchas pretensiones, con mucha malicia; a éste lo encontraban pobre, aquél otro era feo, de forma que escogiendo y escogiendo no habían encontrado todavía uno que las satisficiera. Pero la hermana Caracol no se parecía en nada a las otras dos. Aunque muy pequeña, era bondadosa y sólo pretendía un joven laborioso como compañero para sus días. Una madrugada, cuando la hermana Oro se disponía a ir a buscar agua con el cubo áureo a la espalda, abrió la puerta de la casa y se pegó tal susto que tuvo que retroceder. Y es que en el umbral estaba durmiendo un mendigo viejo, sucio y harapiento, que le obstaculizaba el paso. La joven agitó la mano y dijo, fastidiada: - Apártate, apártate, deja pasar a la joven Oro que va a buscar agua. El anciano pordiosero despegó un poco los párpados y dijo indiferente: - ¿Necesitas el agua para algo importante? - Mi padre la necesita para fermentar vino, mi madre para hacer mantequilla, y yo para lavarme la cabeza, ¿cómo no va a ser importante? – replicó con una mueca de desprecio. - Yo no me puedo levantar – contestó el mendigo, al tiempo que volvía a cerrar los ojos –. Si quieres ir a buscar agua, pasa por encima mío. La muchacha levantó la cabeza y respondió, completamente indiferente: - He franqueado el lugar de reunión de mi padre y el sitio donde mi madre conversa, ¿por qué no habría de pasar por encima de ti? Y dicho y hecho, pasó muy enojada por encima del cuerpo del mendigo. Al día siguiente le tocaba a la hermana Plata ir a buscar agua. Iba con el cubo plateado a cuestas cuando abrió la puerta de la casa y viendo que allí dormí aun mendigo se pegó tal susto que retrocedió dos pasos, al tiempo que decía: - Apártate, apártate, deja pasar a la joven Plata que va a buscar agua. El mendigo le lanzó una mirada y contestó: - ¿Necesitas el agua para algo importante? A la muchacha, impaciente, se le inflamaron los ojos de cólera y replicó: - Mi padre la necesita para fermentar vino, mi madre para hacer mantequilla, y yo para lavarme la cabeza, ¿cómo no va a ser importante? El mendigo se envolvió en su ropa de arpillera, cerró los ojos y contestó: - Si quieres ir a buscar agua, pasa por encima mío, yo no me puedo levantar. La joven se levantó un poco la falda que le llegaba a los pies y dijo: - He franqueado el lugar de reunión de mi padre y allí donde mi madre habla, ¿por qué no voy a poder pasar por encima tuyo? Y acto seguido pasó por encima del hombre y se fue a buscar agua. El tercer día le tocaba a la hermana Caracol ir a recoger agua. Se levantó por la mañana muy temprano, se cargó muy contenta a la espalda el cubo de concha y cuando abrió la gran puerta para salir se sobresaltó al ver que allí estaba durmiendo un viejo y sucio pordiosero. La hermana Caracol sintió pena por el hombre de edad avanzada y no quiso molestarlo por lo que lo llamó suavemente: - Por favor, déjeme pasar que voy a buscar agua. Pero el mendigo ni se movió ni abrió los ojos. - No estoy obstaculizando tu camino – dijo el anciano – puedes pasar por encima mío. - No he franqueado el lugar donde se reúne mi padre ni el sitio donde conversa mi madre, tampoco puedo pasar por encima de ti. La joven, muy suavemente, dio la vuelta alrededor del cuerpo del viejo y cantando llegó a la orilla del río. El sauce de la orilla ya exhibía sus brotes verdes y las aguas corrían armoniosamente. Ella descargó el cubo de conchas, se arrodilló, bebió unos sorbos de agua cristalina y luego fue llenando el recipiente con el cucharón de conchas. En ese momento se las vio negras. ¿Cómo cargar el cubo sin la ayuda de otra persona? La joven miró en derredor suyo pero no divisó ni una sombra. Ya estaba muy inquieta sintió como un destello ante sus ojos: hete aquí al mendigo parado delante suyo. Ya no parecía aquel viejo medio moribundo sino que se le veía muy animado. - Jovencita Caracol, voy a ayudarte a levantar el cubo – le dijo. La joven se puso muy contenta, se arrodilló y pegó la espalda al cubo, luego se colocó la pértiga en el hombro. El hombre en cuestión parecía querer crearle dificultades al levantar la pértiga un poco más arriba a veces y otras más abajo, de manera que ella no encontraba una manera cómoda de llevarla. La muchacha intentó pararse varias veces pero no lo logró. Finalmente, cuando ya lo había conseguido, como el cubo no había sido bien amarrado a la pértiga resbaló por ésta hasta caer hecho añicos. La muchacha, afligida por la pérdida del cubo y con miedo de que sus padres la rezongaran al volver a la casa se tapó la cara y sollozó. En cambio, el viejo no se inmutó para nada, por el contrario le dijo sonriendo: - ¿Qué tiene de especial este cubo? Yo puedo darte uno. La joven no contestó sino que lloró con más fuerza, pensando: “Este pobretón, ¡con qué me lo va a poder devolver! Este no es un cubo común, está hecho de conchas y no se vende en ninguna parte.” Quién se imaginaría que el viejo tenía su solución. Asió una a una las conchas, las mezcló y luego le dijo: - Mira, muchacha Caracol, ¿acaso no está bueno el cubo? ¡Cómo le iba a creer la joven! Ella pensaba: “Evidentemente se ha roto, no te rías de mí.” Pero no pudo contener la curiosidad y miró: qué curioso, el cubo de conchas estaba enterito. Además, estaba lleno de agua cristalina. Se alegró tanto que hasta le vinieron deseos de cantar y pensó: “Este pordiosero no es una persona del montón seguramente, tal vez sea un genio”. - Eres realmente una buena persona, me has salvado, ¿te puedo ayudar en algo? – le manifestó agradecida. - No tengo donde dormir esta noche, me gustaría descansar sólo por hoy en la cocina de tu casa. - Temo que mi madre no acepte, ella odia a los mendigos. Pero no te preocupes, yo se lo voy a rogar. - No es necesario que lo hagas, muchacha. Si ella no está de acuerdo, tú le das lo que está dentro del cubo. La chicuela no tenía claro qué es lo que había dentro del recipiente. Pero impresionada por quien creía un genio no preguntó más nada y retornó a su casa cargando el cubo con la pértiga. Una vez en el hogar, al tiempo que vertía el agua en el recipiente de bronce, le comentó a su madre que un mendigo quería pasar la noche en la cocina de la casa. La señora frunció las cejas y reflexionó. - ¿Cómo vamos a permitir que un viejo y sucio vagabundo pase la noche en la cocina de nuestra casa?... En ese mismo momento ¡plaf! se oyó el ruido de una cosa amarilla que había caído dentro del cubo. Fue entonces que la muchacha recordó las palabras del mendigo y dijo: - Además, él me dijo que le diera a mi madre lo que hay dentro del cubo. La madre observó: aquello que había sonado era un anillo de oro por lo cual desfrunció el ceño y sonrió. - Bueno, dejémoslo que duerma esta noche en la cocina – dijo. Después de la cena toda la familia se reunió a charlar. El padre bebía té con mantequilla y la madre tejía. Hablando y hablando se tocó el tema del casamiento de las muchachas. - Yo me quiero casar con el rey de la India – dijo la hermana Oro. - Y yo con el rey de aquí – dijo la hermana Plata. Cuando el padre le preguntó a la tercera, ésta se quedó sin saber qué decir. En ese momento entró sin anunciarse el mendigo y se dirigió a los mayores. - Quiero hacerle de casamentero a la joven Caracol. Alguien tan hermoso y bueno como ella debe casarse con Gongzela. ¿Quién era ese Gongzela y dónde vivía? Nadie lo sabía ni había oído hablar de él. Los padres pensaron: “Este mendigo loco ¿a qué persona de renombre y posición puede conocer? Seguramente está proponiendo a otro pordiosero”. Cuando sus pensamientos llegaron a este punto los dos menearon la cabeza negativamente. Las otras dos hermanas estaban cuchicheándose al oído sin poder dejar de mirar a la otra con una sonrisa fría. El mendigo se dio vuelta y le preguntó a la hermana Caracol: - Gongzela es una buena persona, ¿estás dispuesta a casarte con él? - No sé quién es – dijo ella. - Confía en mí, no te engañaré, Gongzela podrá hacerte feliz. La joven recordó lo que había sucedido aquella mañana. Ella sabía que el mendigo no haría trampas y asintió con la cabeza. - Te creo y quiero casarme con Gongzela, pero, ¿dónde vive? ¿Y qué tipo de persona es? - Eres realmente una muchacha inteligente. Si quieres buscar a Gongzela vente conmigo. Siguiendo las huellas de mi bastón llegarás hasta el lugar donde él habita. Y dicho esto el anciano se dirigió hacia la puerta. La chica lo siguió mientras los padres, al ver que no la podían detener, montaron en cólera: - Si te vas, no te vayas a arrepentir luego, porque en esta casa ya no podrás entrar. Las otras dos jóvenes estaban a un lado sonriendo irónicamente. La hermana Caracol atravesó el umbral de su casa pero ya no se veía ni la sombra del viejo mendigo. Del cielo colgaba una luna brillante que alumbraba el camino y ella encaminó sus pasos siguiendo las huellas del bastón del viejo. Cuando la luna se iba escondiendo por el occidente y el sol se elevaba por el oriente, la joven, que no sabía cuánto había caminado ya, llegó a un gran dique. Sobre éste retozaba un rebaño de cientos de ovejas que semejaban en su conjunto un ramo de flores. Ella le preguntó al niño pastor: - ¿Has visto pasar por aquí a un viejo mendigo? - No. Sólo he visto pasar hace un momento a Gongzela, estas ovejas son suyas. La muchacha agradeció al niño y siguió camina que camina hasta encontrar un vaquero. - ¿Has visto pasar por aquí a un viejo mendigo? - No. Sólo he visto a Gongzela que hace apenas un momento pasó por aquí. Estas vacas son todas suyas. La joven se despidió del vaquero y prosiguió marchando hasta que se topó con un recuero y le preguntó: - ¿Has visto pasar por aquí a un viejo mendigo? - Sólo he visto pasar hace apenas un momento a Gongzela, estos caballos son de él, si quieres verlo sigue hacia adelante. Tan idéntica respuesta de los tres hombres hizo sospechar a la joven, que pensaba mientras caminaba: “Al final de cuentas ¿qué tipo de persona es Gongzela? ¿Cómo puede tener tanto ganado? ¿El viejo mendigo será Gongzela? ¿Acaso me voy a casar con un viejo mendigo?” Pensando esto, de pronto levantó la cabeza y notó el término de un dique y un gran edificio parecido a un palacio que fulguraba, semioculto, con un brillo dorado. Entonces dio con un hombre canoso y le preguntó: - Disculpe, ¿ha visto pasar a un anciano mendigo? - No, - contestó el anciano sonriente – por aquí sólo acaba de pasar Gongzela. La muchacha señaló el palacio a lo lejos y preguntó: - Dígame por favor, ¿qué templo es aquél? ¿Qué buda hay allí? - Muchacha, ese es el palacio de Gongzela, no es un templo. Sigue este camino, él te está esperando – expresó lleno de amabilidad. La muchacha agradeció al hombre de pelo cano y se encaminó hacia el palacio. Por cada lugar por donde pisaban sus pies iban surgiendo del suelo flores, como por arte de magia, que compitiendo en colorido e inundando el aire de perfume parecían estar dando la bienvenida a quien llegara. Las flores lozanas se abrían al paso de la muchacha, formando así un camino florido que la condujo al frente del palacio. Cuando ella pisó la escalera del edificio, la gran puerta se abrió inmediatamente. Gongzela junto con su séquito, vestido del color del arco iris, portando perlas, turquesas y corales, salió a recibirla y a pedirla en matrimonio. Ella notó impactada que Gongzela era un rey joven y guapo, por lo cual lo aceptó sin reservas: en ese momento supo que Gongzela no era otro que el viejo mendigo disfrazado. Gongzela se sentó en una cama de oro y la muchacha vistió la ropa irisada, se enjoyó y se sentó en una cama de plata. Escogieron de mutuo acuerdo un día apropiado y se unieron como esposos viviendo muchos años felices en aquel palacio.
28 de agosto de 2011
Yeh Shen, la Cenicienta china
Hoy, navegando por internet, he encontrado esta versión china de la Cenicienta y quería compartirla con todos vosotros.
Es una versión que procede de la dinastía T´ang(618-927 a.C) una época en la que un hombre podía estar casado con varias mujeres a la vez.
Yeh - Shen (Ai Ling Louie - Cuento de China)
En el lejano pasado, aun antes de las dinastías Qin y Han, en las cavernas del sur de China, había un pueblo cuyo jefe se llamaba Wu. Como era costumbre en esos días, el jefe Wu había tomado como esposas a dos mujeres. Cada esposa había dado a Wu una pequeña hija. Pero una de las esposas enfermó y murió, y pocos días más tarde, el jefe Wu cayó a la cama y también murió.
Yeh- Shen, la pequeña huérfana, pasó su niñez en la casa de su madrastra. Era una hermosa y encantadora niña, cuya piel era tan suave como el marfil y sus ojos eran como dos lagunas oscuras. Su madrastra estaba celosa de toda esta belleza y bondad, puesto que su propia hija no era nada de bella. Así, en su disgusto, le dio a Yeh-Shen las labores más pesadas y desagradables.
El único amigo que tenía Yeh-Shen era un pez que había capturado para criarlo. Era un her¬moso pez con ojos dorados, y cada día salía del agua, y posaba su cabeza en la orilla de la fuente, esperando que Yeh- Shen lo alimentara. La madrastra de Yeh-Shen no le daba mucha comida, pero la huérfana siempre encontraba algo para compartir con su pez, el que fue creciendo hasta alcanzar dimensiones enormes.
De alguna forma la madrastra se enteró de esto. Se enojó mucho al descubrir que Yeh-Shen guardaba un secreto.
Bajó corriendo hasta la fuente, pero no pudo descubrir al pez, pues la mascota de Yeh-Shen, sabiamente, se había escondido. La madrastra, sin embargo, era una mujer hábil, y pronto ideó un plan. Caminó hasta la casa y gritó: - Yeh-Shen, ve y trae un poco de leña. Pero espera. Los vecinos te pueden ver. Deja tu asqueroso abrigo aquí. Cuando la niña se alejó de su vista, su madrastra se puso el abrigo y regresó a la fuente. En ese momento el gran pez vio el abrigo de Yeh-Shen que le era familiar, y se acercó a la orilla esperando ser alimentado. Pero la madrastra, que había escondido una daga en la manga, acuchilló al pez, lo envolvió en su ropa y se lo llevó a casa para cocinarlo en la noche. Cuando Yeh-Shen llegó a la fuente esa tarde encontró que su amigo había desaparecido. Abrumada por el dolor, la niña dejó caer sus lágrimas en las quietas aguas de la fuente.
- Ay, pobre niña -dijo una voz. Yeh-Shen se levantó y encontró a un anciano que la observaba. Él tenía las vestimentas másraídas que uno pueda imaginar y su cabello caía sobre sus hombros.
- Querido tío, ¿quién eres? -preguntó Yeh-Shen. - Eso no tiene importancia, hija mía. Todo lo que debes saber es que he sido enviado para contarte acerca de los maravillosos poderes que tiene tu pez. - Mi pez, pero, señor... -Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas y no pudo continuar. El anciano suspiró y dijo: - Sí, mi niña, tu pez ya no vive, y debo decirte que tu madrastra es una vez más la razón de tu pena. Yeh-Shen se horrorizó, pero el viejo continuó: - No nos lamentemos de cosas pasadas -dijo-, porque te he traído un regalo. Ahora debes escuchar con atención esto: las espinas de tu pescado están llenas de un espíritu poderoso. Cuando estés en serios apuros, debes arrodillarte ante ellas y hacerles saber los deseos de tu corazón. Perono derroches sus dones. Yeh-Shen quería hacerle muchas otras preguntas al sabio, pero él se elevó al cielo antes de que ella pudiera pronunciar una palabra. Con el corazón muy acongojado, Yeh-Shen se encaminó hacia el montón de estiércol para reunir los restos de su amigo. El tiempo pasó y Yeh-Shen, que permanecía mucho sola, encontró consuelo al hablarle a las espinas de su pescado. Cuando estaba con hambre, lo que ocurría con frecuencia, Yeh-Shen le pedía comida a las espinas. De esta manera, Yeh-Shen se las arreglaba para vivir día a día, pero estaba temerosa de que su madrastra fuera a descubrir su secreto y le quitara, incluso, eso. Así transcurrió el tiempo y llegó la primavera. El festival se acercaba.
Era la época más atareada del año. ¡Había tanto que cocinar, limpiar y coser! Yeh-Shen difícilmente tenía un rato de descanso. En el festival de primavera los jóvenes y las niñas de la aldea esperaban encontrarse y elegir con quién se iban a casar. Cómo ansiaba Yeh-Shen ir también. Pero su madrastra tenía otros planes. Ella esperaba encontrar un esposo para su propia hija y no quería que ningún otro hombre viera a la hermosísima Yeh-Shen primero. Cuando finalmente llegaron las fiestas, la madrastra y su hija se vistieron con los trajes más elegantes y llenaron sus canastos con dulces.
- Debes quedarte en casa ahora, y velar por que nadie robe fruta de nuestros árboles -le dijo la madrastra a Yeh-Shen, partiendo, luego, al banquete con su propia hija. En cuanto estuvo sola, Yeh-Shen fue a hablar con las espinas de su pescado. - Ay, querido amigo -dijo, arrodillada ante las maravillosas espinas-. Deseo tanto ir al festival, pero no puedo mostrarme con estos andrajos. ¿Hay alguna parte donde yo pudiera conseguir ropa adecuada para ir a la fiesta? De inmediato se encontró vestida con un traje de azul intenso, con un manto de brillo metálico sobre sus hombros, hecho con plumas de martín pescador. Pero lo mejor de todo era que en sus pequeños pies calzaba las zapatillas más hermosas que jamás se hayan visto. Estaban hiladas con oro, siguiendo el diseño de las escamas de un pez, y las suelas brillantes estaban hechas de oro puro. Había magia en ese calzado porque debería haber sido bastante pesado; sin embargo, cuando Yeh-Shen caminaba, sus pies se sentían tan livianos como el aire. - Asegúrate de no perder uno de tus zapatos dorados -le dijo el espíritu de las espinas. Yeh- Shen prometió ser cuidadosa. Encantada con su transformación, se despidió calurosamente de las espinas de su pescado, a medida que se alejaba ligera para unirse al festejo. Ese día Yeh-Shen obligó a todos a darse vuelta cuando apareció en la fiesta. Toda la gente a su alrededor murmuraba: - ¡Miren esa hermosa muchacha! ¿Quién podrá ser? Pero por sobre el murmullo, se escuchó decir a la hermanastra: - Madre, ¿no te recuerda a nuestra Yeh-Shen? Al escuchar esto, Yeh-Shen se sobresaltó y huyó antes de que su hermanastra la pudiera observar más de cerca. Bajó por la montaña, y en esto perdió una de sus zapatillas de oro. No bien cayó el zapato, sus ropas se convirtieron nuevamente en harapos. Sólo una cosa quedó: la otra pequeña zapatilla dorada. Yeh-Shen corrió hasta las espinas de su pescado y le devolvió la zapatilla, prometiendo encontrar también la otra. Pero ahora las espinas permanecieron en silencio. Con pena, Yeh-Shen pudo comprobar que había perdido a su único amigo. Escondió la pequeña zapatilla en su viejo camastro y salió afuera a llorar. Apoyada en un árbol con frutas, sollozó y sollozó hasta que cayó dormida. La madrastra abandonó la celebración para ir a vigilar a Yeh-Shen, pero cuando regresó a casa, encontró a la niña profundamente dormida, con los brazos aferrados al árbol frutal. Entonces, sin pensar más, regresó a la fiesta. Mientras tanto, un aldeano había encontrado la zapatilla. Al reconocer su valor, la vendió a un mercader, quien la presentó, a su vez, al Rey de la isla de T'o Han. El Rey se puso más que contento al aceptar la zapatilla como un regalo. Estaba fascinado con el pequeño objeto, que estaba labrado con los metales más preciosos, y que no hacía ningún ruido cuando tocaba una piedra. Mientras más se admiraba de su belleza, más decidido estaba a encontrar a la mujer a quien le pertenecía el zapato. La búsqueda se inició entre las damas de su propio reino, pero todas las que se probaban la sandalia la encontraban terriblemente pequeña. Audazmente, el Rey ordenó que la búsqueda incluyera a las mujeres de las cuevas de los alrededores donde se había encontrado la sandalia. Como se dio cuenta de que iba a tomar muchos años el que cada mujer llegara hasta la isla que él gobernaba, y se probara la zapatilla, se le ocurrió una forma para hacer llegar a la mujer apropiada. Hizo colocar la sandalia en un pabellón a la orilla del camino, cerca de donde había sido encontrada, y el portavoz anunció que la iban a devolver a su verdadera dueña. Entonces, el Rey y sus hombres se escondieron en un lugar cercano, y esperaron para descubrir a la mujer de pies pequeños que iba a reclamar su sandalia. Todo ese día el pabellón estuvo repleto de mujeres provenientes de las cuevas, que habían venido a probarse el calzado. La madrastra de Yeh-Shen y su hermanastra se encontraban entre ellas, pero no así Yeh-Shen a quien habían dejado en casa.
Al término del día, aunque muchas mujeres habían intentado fervientemente ponerse la zapatilla, nadie lo había conseguido. Fatigado, el Rey continuó su vigilia durante la noche. No fue sino hasta lo más oscuro de la noche, mientras la luna estaba escondida detrás de una nube, que Yeh-Shen se atrevió a mostrar su cara en el pabellón; incluso, cruzó tímidamente el piso en puntillas. Cayendo sobre sus rodillas, la niña con harapos examinó el pequeño zapato. Sólo cuando estuvo segura de que era el compañero que le faltaba a su zapatilla dorada, se atrevió a tomarlo. Por fin, podía devolver ambos zapatitos a las espinas del pescado. Seguramente su adorado espíritu le iba a hablar de nuevo. Al ver a Yeh-Shen cogiendo la zapatilla, el primer pensamiento del Rey fue tomarla prisionera como si fuera una ladrona. Pero cuando ella se dio vuelta para emprender el regreso, él recibió una visión fugaz de su rostro.
Al instante, el Rey fue invadido por la dulce armonía de sus rasgos, que no concordaba, al parecer, con los harapos que vestía. La miró más de cerca y observó que ella caminaba sobre los pies más pequeños que había visto jamás. Con un gesto de su mano, el Rey indicó que esta andrajosa creatura estaba autorizada para llevarse la zapatilla dorada. Calmadamente, los hombres del Rey se escabulleron y la siguieron hasta su casa. Durante todo ese tiempo, Yeh-Shen no se había dado cuenta de todo el alboroto que había provocado. Había regresado a casa, y estaba por esconder las sandalias debajo de su camastro, cuando golpearon la puerta. Yeh-Shen fue a ver quién era, y se encontró con un Rey. Primero se asustó mucho, pero el monarca le habló de una manera amable y le pidió que se probara las zapatillas. La muchacha hizo lo que le pedía, y en cuanto se las calzó, sus andrajos se transformaron, una vez más, en el manto de plumas y el hermoso traje azul intenso. Su dulzura la hacía verse como una creatura celestial, el Rey supo de pronto en su corazón que había encontrado a su amor verdadero. No mucho después de esto, Yeh-Shen contrajo matrimonio con el Rey. Pero el destino no fue tan generoso con su madrastra y su hermanastra. Como habían sido poco amables con su amada, el Rey no iba a permitir que Yeh-Shen las trajera a palacio. Ellas permanecieron en su vivienda en la cueva, donde un día, así dicen, murieron destrozadas por una lluvia de piedras.
16 de agosto de 2011
Vuelta de vacaciones
La vuelta de vacaciones siempre es dura pero esta vez, no sé por qué, no me está costando tanto.
Ahora tengo que ponerme al día de todo pero vengo cargada de ideas que, en cuanto las haya madurado, prometo colgar.
Gracias a todos mis seguidores
8 de agosto de 2011
6 de agosto de 2011
Por fin llegaron las soñadas vacaciones
Esta mañana al levantarme me ha dado una alegría tan grande que me he puesto de pie y he saltado en mi cama ¡¡síii, siii, estoy de vacaciones!!
Así que durante unos días en vez de estar trabajando, limpiando o pegada al ordenador, estaré disfrutando de la brisa marina, el sol, las olas...
¡Sed felices en mi ausencia y hasta la vuelta!
Si alguien me necesita estaré aquí
4 de agosto de 2011
18 de julio de 2011
16 de julio de 2011
11 de julio de 2011
¡¡Querida niñez!!
Hoy vi en tus ojos un brillo especial
me miraste, te miré y los dos nos reimos.
Ya ha pasado más de un año desde que te soñé
y aquí te tengo acurrucadito en mis brazos.
Eres el mejor regalo que he podido recibir
la luz que alumbra hasta mis días más oscuros
para mi tu risa es mi mejor medicina
por todo lo que me das, y sin pedir nada a cambio
TE QUIERO TANTO MI BEBÉ QUE SIN TI
MI VIDA YA NO ES VIDA
Para la luz más intensa de mi vida, mi pequeño Íker
8 de julio de 2011
5 de julio de 2011
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