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Sólo por hoy

Sólo por esta mañana, voy a sonreír cuando vea tu rostro
y a reír cuando tenga ganas de llorar.
Sólo por esta mañana, voy a dejarte escoger la ropa que te vas a poner,
voy a sonreír y a decirte que te queda perfecta.
Sólo por hoy, pediré un día de descanso, o vacaciones,
para llevarte al parque a jugar.
Sólo por hoy, al mediodía, voy a dejar los platos en la cocina
y voy a dejarte que me enseñes cómo armar ese rompecabezas juntos.
Sólo por hoy, esta tarde, voy a desconectar el teléfono y a apagar el ordenador,
para sentarme junto a ti en el jardín para hacer pompas de jabón.
Sólo por esta tarde, no voy a regañarte ni siquiera a murmurar,
cuando tu grites y llores cuando pasemos por la tienda de chuches
y voy a entrar contigo a comprarte una.
Sólo por esta tarde, no voy a preocuparme sobre qué va a ser de ti cuando crezcas
y voy a pensar otra vez en todas las decisiones que haya hecho acerca de ti.
Sólo por esta tarde, te dejaré que me ayudes a hornear unas galletas
y no voy a estar detrás de ti tratando de arreglarlas.
Sólo por esta tarde, te estrecharé en mis brazos
y te contaré una historia acerca de cuando tu naciste
y sobre lo mucho que te quiero.
Sólo por esta noche, te dejaré salpicar en la bañera
y no me voy a enfadar.
Sólo por esta noche, te dejaré despierto hasta tarde,
mientras nos sentamos en el balcón a contar las estrellas.
Sólo por esta noche, estaré junto a ti por horas
y extrañaré mis programas favoritos de TV.
Sólo por esta noche, cuando pase mis dedos entre tu cabello mientras duermes,
simplemente daré gracias por el mayor regalo que he recibido.
Y cuando te dé un beso de buenas noches te voy a estrechar un poco más fuerte, un poco más tiempo.
Creo que a veces las mamás y papás estamos demasiado absorbidos en nuestras rutinas diarias
que olvidamos el hermoso regalo que los niños SON REALMENTE.

No podemos saber si habrá un día más...



14 de febrero de 2012

Venta de lotes de sobres y cartas 20€

Aquí os presento una selección de los lotes que encontraréis en venta en mi picasa y en mi facebook, espero que os gusten









































Si quieres pedirme tu lote escríbeme a: nenecaybebes@gmail.com

9 de enero de 2012

Mis queridas muñecas

Quiero dedicar un rinconcito muy especial a mis queridas muñecas.
Cuando era niña no me gustaba jugar con ellas, prefería: leer, dibujar, imaginar... mis reyes siempre me traían montañas de libros, el órgano más novedoso del momento, estuches, pinturas... Pero unas navidades cuando yo tenía 12 años mis hermanas recibieron como regalo unos Nenucos que a mi me robaron el corazón, así que en cuanto hube recaudado todos los aguinaldos me fui a la juguetería y me compré mi primer muñeco: un nenuco monísimo con el que empecé a dormir por las noches.



Ése fue mi primer muñeco de colección, luego fueron regalándome más muñecas de porcelana, Famosa, Jesmar...
Una de mis favoritas y que me dejó impresionada fue Pepa de Así, me la regaló mi madre creo que cuando cumplí 17 años. Cuando abrí la preciosa cajita y vi esa cara tan bonita, ese vestido rojo con el gorrito a juego ¡¡me enamoré!!.


Más adelante, el que hoy es mi marido, me llevó a la tienda Así de la Gran Vía de Madrid y me invitó a que escogiera lo que más me gustara y me llevé a Sue: una linda muñequita con un precioso vestido blanco.


Estas navidades la familia ha aumentado considerablemente pero eso lo dejo para la próxima entrada :-)

20 de diciembre de 2011

MUÑECAS RECORTABLES DE LA EDITORIAL ROMA: SANDRA Y KATERINA


He querido rescatar este vídeo de youtube porque estas muñequitas son excepcionales. Tengo que reconocer que la editorial Roma es de mis favoritas, por no decir mi preferida y estas muñecas me traen tantísimos recuerdos... mis primeras compras sintiéndome independiente y ya "mayor", mis primeras "peyas" de misa ya que iba directamente al kiosco a comprarme recortables los domingos por la mañana.. y lo que más me marcó: mis primeros pinitos en la pintura, veía estas muñequitas tan lindas y yo quería hacerlas igual, me sorprendió lo bien que se me daba..
Espero que os guste esta entrada 
(Idea del blog: http://mariquitinas.wordpress.com/)

20 de noviembre de 2011

La piedrecilla que lloraba

Un día un caminante andaba perdido por el campo, estaba muy preocupado porque era muy tarde y no recordaba por donde era su casa, entonces escuchó que alguien sollozaba y sollozaba, - ¿de dónde vendrá aquel llanto? – se preguntaba y entonces, fijó su mirada hacia abajo.

Caminante: ah, eras Tú piedrecilla, dime ¿Por qué lloras?
Piedrecilla: porque nadie me quiere y todos me ignoran.
Caminante: por qué dices esas cosas tan feas piedrecilla.
Piedrecilla: porque dicen que soy muy duro y frio, amorfo o sin forma, que ando haciendo caer a las personas, y que además…y que además no tengo sentimientos y que soy indiferente con los demás.
Caminante: pero piedrecilla no tienes por qué estar triste por eso que dicen los demás, ¿acaso no te quieres?
Piedrecilla: si me quiero pero..pero ellos dicen eso y me duele mucho.
Caminante: mira piedrecilla si dices que te duele es que si tienes sentimientos, es una gran virtud.
Piedrecilla: ¿una virtud?
Caminante: es cuando uno posee una gran cualidad y autoestima y tú tienes muchas piedrecilla.
Piedrecilla: ¿Cómo cuales? Podrías decírmelo por favor.
Caminante: si eres duro es porque eres muy fuerte y resistente.

Piedrecilla: si verdad, no me había dado cuenta, cuéntame mas caminante por favor, por favor.
Caminante: está bien pero con calma. Si eres frio es porque el calor mas fuerte no te puede derretir, si eres amorfo es que eres diferente a los demás, si haces caer a las personas es que eso le ayuda a levantarse con mas animo y no eres para nada indiferente sino no te hubiese importado lo que digan los demás.
Piedrecilla: ¿Por qué?
Caminante: porque el indiferente es aquella persona que no presta atención a los pensamientos y sentimientos de los demás y porque he escuchado Tu has prestado atención a los pensamientos y sentimientos de aquellas personas.
Piedrecilla: ¡si es verdad! Entonces si tengo muchas virtudes y mucha autoestima. Gracias caminante ya no voy a llorar mas, me has ayudado mucho te lo agradezco.
Entonces la piedrecilla dejo de sollozar, pero antes de dejar al caminante y hizo un último favor, se le puso en su camino y el Caminante tropezó y en ese instante como por arte de magia el caminante dijo: “ah, ya me acorde por donde era mi hogar, si no me hubiese tropezado tal vez no me acordaría, gracias piedrecilla”
Y así fue como termino todo, la piedrecilla contenta y el Caminante en su hogar. 

23 de octubre de 2011

MATERNIDAD por Rubén Maldonado

En tu rostro la sonrisa simple y la mirada dulce
con una alegría que sólo tú explicas…
Tu caminar se ha tornado lento,
como si hubiera temor en tus pasos.

No será un secreto cuando tu cintura
se ensanche y henchidos tus pechos,
con sabor a esperanza y a sangre nueva
en las nueve lunas de la larga espera.

Cambiarás el gusto entre las vitrinas
de algunas boutiques de moda y elegancia,
ahora tus ojos verán sólo aquellas
con sus diminutos ropajes de arrullo.


Un aroma a nido y a leche materna
habrá entre las sábanas de tu blanco lecho,
mientras tus mejillas encenderán rubores
con caricias suaves en preñado vientre.

Sólo la ternura rodeará tu imagen,
las manos ansiosas querrán su tersura,
un sabor a vida de pálidos cielos
en la calle vieja traerá canciones.

Y un día de fiesta, tal vez en domingo,
abrirás tu cuerpo a un llanto pequeño
y en tu regazo amamantarás a un niño
con tibia fragancia de un amor profundo".

18 de octubre de 2011

Caperucita roja moderna por Aanax

Había una vez una niña que se llamaba Caperucita Roja. Su sonrisa alegre y su mirada risueña ocultaban su triste realidad.
Esa mañana, Caperucita despertó con los acostumbrados gritos matutinos de sus padres. Escuchó pisotones en las escaleras. La niña miró el cielo raso con preocupación. Su padre entró de un portazo.

—¡Levántate holgazana! —gritó con mal carácter.

Caperucita asintió con la cabeza y bajó temblando de la cama.
Su madre apareció enseguida.

—¿Por qué en vez de gritarle a tu hija no te preparas para a ir a trabajar? —exclamó enojada —Si no te tomas el trabajo más enserio lo perderás ¿quién mantendrá a esta familia entonces?

Su padre se giró y la miró furioso.
—¿Así que ahora la culpa de que nuestra situación económica esté tan mal es mía? ¡Dile a tu madre que deje de depender de nosotros! ¡Sus benditas medicinas valen un ojo de la cara!
La madre de Caperucita calló gravemente y salió de la habitación. El padre la siguió.
—¡Vístete, vamos! —le gritó a Caperucita antes de cerrar la puerta, aún mas fuerte que antes.
Caperucita se puso su blusa blanco marfil y su falda celeste de verano. Aún con la puerta cerrada, los gritos de sus padres en el piso de abajo retumbaban en su alcoba.
Su padre, harto de gritar “¡Baja de una buena vez, niña inútil!”, en medio de los chillidos de su madre, subió las escaleras y tomó a Caperucita del brazo. La llevó a los tirones por las escaleras.
—Puedo bajar sola —murmuró Caperucita, sin poderse contener.
—¿Qué has dicho? —bramó su padre encolerizado. Caperucita se puso pálida y no respondió. Entonces su padre la sacudió violentamente —¿Qué has dicho maldita?
Caperucita casi cae por las escaleras, si no fuera por que su madre se le acercó y la agarró enseguida. La abrazó fuertemente.
Su padre refunfuñó algo incomprensible, se puso el rifle en el hombro y un pedazo de pan duro en el bolsillo de su ancho saco verde, y salió con ímpetu al bosque.
La madre de Caperucita se tapó la cara porque no pudo ocultar más sus lágrimas. Sus manos sangraban, ahora se había dado cuenta Caperucita. Pero no se animaba a preguntar que le había pasado. Ya lo sabía. Intentó abrazar a su madre, pero ésta le puso una cesta en sus manos. 


—Caperucita querida —dijo mirándola esperanzada —, llévale estas medicinas a tu abuela.
—Claro —contestó Caperucita y se colocó su larga caperuza roja. Se colgó la cesta en el brazo y saludó a su madre quién le acarició sus bucles rubios.
—Escucha hija —advirtió su madre desde la puerta —, no hables con nadie que no conozcas ¿me oíste?
¿Hablar? ¿con quién?, pensó Caperucita.
Ella no hablaba con casi nadie, le costaba mucho comunicarse.
—Y vuelve antes del anochecer. Si tu padre se entera de que fuiste a llevarle a tu abuela esas medicinas tan caras…
—Volveré lo más rápido que pueda —contestó la niña con firmeza —, no te preocupes.
Era una radiante mañana. El canto de los pájaros, las hermosas mariposas que volaban sobre las coloridas flores que la primavera ofrecía, hicieron olvidar a Caperucita por un momento sus problemas.
Caminó un rato mirando cada detalle de cada árbol, flor, animal que se le cruzaba. Entonces vio un par de chicas que jugaban emitiendo pícaras risas. A Caperucita le hubiese gustado compartir con ellas esa felicidad. Pero entonces una agarró una muñeca de vestido azul y su amiga se la arrancó de las manos. Las dos se pusieron a llorar melancólicamente.
Que simples son sus vidas, pensó Caperucita. Lloran por una muñeca. Daría lo que fuera por llorar con tanta libertad y fuerza como ellas. Es que el llanto… no me sale.
Dentro de ella había un gran dolor y angustia… de verdad le hacía falta llorar. Pero en su casa no podía llorar ni quejarse y fuera no quería dar la imagen de una niña infeliz. En cambio, sonreía con cierta dificultad y tragaba sus penas.
De pronto unas hermosas margaritas llamaron su atención. A su abuela le encantaban las margaritas y éstas, particularmente, eran preciosas. Sin perder tiempo se puso a recogerlas. Era una más bonita que la otra. Cuando trataba de sacar una bastante grande sin dañarla, una mariposa amarilla y negra se cruzó ante sus ojos. Caperucita desvió la mirada. Con cuanta libertad volaba. Siguió agarrando margaritas.
¿Qué pasaría si no vuelvo hoy a casa?, se preguntó Caperucita.
Podía entregarse a la suerte del bosque, después de todo no le molestaba ser comida por una fiera. Por lo menos tendría paz consigo misma.
Sacudió la cabeza violentamente. Era una locura. Debía entregar esos remedios a su abuela. Y volver pronto; su padre era capaz de cualquier cosa y su madre podía salir herida. Tenía que dejar de soñar imposibles.
Y ahora… ¿dónde estaba? Se había perdido completamente sin poder apartar la vista de aquellas bellas flores. ¿Dónde se encontraba el sendero? Caminó un poco en distintas direcciones. Como no encontró nada familiar se sentó al lado de un arroyo. Se dejó llevar por la brisa tibia y el cosquilleo del césped en sus pies. Impulsada por el deseo de estirarse y descansar sus cansadas piernas se acostó. Decidió relajarse y tratar de no pensar en nada más. El rumor del agua que corría y de las hojas de los árboles que bailaban con el viento la adormilaban. Sólo dormitaba, pero, aún así, soñó. Soñó cosas hermosas, se sintió tan bien que no quiso dejar de pensar en aquellas maravillas y se internó en sus pensamientos.
Despertó de un sobresalto. Se había quedado dormida. Miró al horizonte ¡Se había dormido profundamente! El sol ya se estaba preparando para ocultarse. El cielo estaba celeste aún. Pero no debía perder más tiempo. Rápidamente corrió y corrió sin rumbo, esperando encontrar algo conocido que permita guiarla.
Caminó por mucho tiempo hasta que por fin, rendida, se arrodilló a sollozar al pié de un árbol ¿Qué pasaría ahora con las medicinas de su abuela? ¿qué le diría a su padre si no volvía a tiempo?
—¿Perdida? —dijo una voz grave. Pero a Caperucita no la asustó. Por el contrario, comenzó a buscar con la vista de dónde provenía. Entonces, de detrás del árbol donde ella se encontraba, apareció un lobo negro y peludo.
Aquí termina mi viaje, pensó la niña.
Pero el lobo no parecía tener intenciones de devorarla. Su mirada estaba fija en la cesta.
—Caperucita Roja… admirable —comentó el lobo mirándola de arriba a bajo —. Nunca se ha visto una niña de diez años que enfrente su dura vida con tu misma firmeza. Un manjar incomparable.
Caperucita se preguntó como sabía tanto de ella. Pero no lo dijo, estaba bastante asustada.
—¿Qué llevas en la canastilla? —preguntó el animal.
—No traigo comida, señor lobo —respondió rápidamente Caperucita —. Son solo medicamentos.
—¿Quién es la enferma?
Caperucita dudó un momento. Era una tonta pregunta, el no contestarla podría costarle la vida.
—Eh, mi abuela, señor.
—Ah, sí. Sufre del corazón ¿no?
—S-sí —respondió la niña atónita —. Iba a llevarle esto… en fin…
—No te acuerdas el camino. Bueno, a decir verdad no creo que pueda comer a una persona tan grandiosa como tú. Es más, si confías en un lobo viejo… yo conozco cada sendero, cada claro de este bosque como la palma de mi mano. Si lo deseas puedo llevarte al…
—Al otro lado del bosque, pasando el valle oscuro, tras el lago del sauce —respondió Caperucita sin pensarlo dos veces.
El discurso del lobo no era muy convincente, pero le siguió la corriente. Que más daba, no había nada a su alcance para dañarlo y, si se largaba a correr, el lobo la alcanzaría: corría mucho más rápido que ella. Y, ahora que lo pensaba, podría haberlo intoxicado con algúna medicina haciéndolo pasar por alimento, pero el lobo ya sabía lo que eran.
El lobo la llevó hasta la entrada del valle oscuro. Por un momento, Caperucita creyó que la llevaba a un escondite para comerla. Pero no lo había hecho al lado del arroyo ¿por qué lo haría ahora? Tal vez el lobo si hablaba enserio cuando decía que quería ayudarla.
El lobo le indicó el camino que debía seguir para llegar al lago del sauce. No era el mismo que siempre tomaba. Según el lobo era más corto.
Siguió el sendero incansablemente y, cuando creía que no iba a encontrarlo nunca, lo vio. El enorme sauce, en su mayor esplendor. Y, tras su cortina de hojas, la humilde casa blanca de su anciana abuela.
Corrió con una tremenda felicidad. Por fin vería a su abuela. Iba a entregarle las margaritas y a contarle sus cosas. Pobre abuela, siempre terminaba mareada luego de escuchar los interminables lamentos de su nieta. Pero siempre le daba una respuesta sabia que la hacía sentir mucho mejor.
Llegó a la puerta de la casa. Tocó sutilmente. Una, dos veces.
—¿Abuela, estás ahí?
—Ejem; sí, nietita. Entra.
Su voz estaba rara. Parecía muy enferma en verdad.
Caperucita abrió la puerta. Le dirigió a su abuela una sonrisa. Pero… estaba tapada hasta los ojos. Había algo en ella que le llamaba mucho la atención. Dudó que esa persona pudiera ser su abuela.
—¿Cómo te sientes? —dijo la niña agarrando disimuladamente un cuchillo de la alacena y escondiéndolo bajo su caperuza roja.
—Muy bien, gracias a Dios. Pero ven, cuéntame ¿siguen las peleas con tu padre?
Si no era su abuela ¿por qué hablaba igual que ella?
Caperucita se sentó en la cama y le acarició la pierna. Se sentía… ¿aterciopelada?
—¿Has cambiado de manta, abuela?
—¿Se nota? —preguntó el individuo. Su abuela nunca respondía con una pregunta. Caperucita preparó el cuchillo bajo su caperuza. Entonces vio lo que parecían ser ¿orejas? Sí, pero…
—Abuela ¿qué le ha ocurrido a tus orejas? Son más… grandes.
—Son para oírte mejor, amor.
Caperucita creyó que le estaba tomando el pelo. Pronto notó que su cuerpo era más grande de lo común. No parecía débil como el de una anciana enferma; más bien parecía el de un leñador fornido, como su padre.
—Abuela, tus manos han crecido…
—Son para abrazarte mejor.
—Y tus ojos…
—Son para verte mejor.
—Tu nariz…
—Es para olerte mejor.
Caperucita, alborotada, no se dio cuenta de que estaba haciendo demasiadas preguntas.
—Abuela que boca tan grande tienes…
—¡ES PARA COMERTE MEJOR! —la voz cambió a grave y el lobo se abalanzó sobre Caperucita. 


Eso lo explicaba todo. En el último segundo la niña sacó el cuchillo, raspándose accidentalmente y rajando su blusa, y lo clavó en el abdomen del lobo. Éste chilló. Caperucita quiso escapar pero el animal la tomó por el tobillo y la niña cayó. Intentó incorporarse, pero el lobo se le apoyó encima y la contuvo pegada al suelo.
Tenía que pasar, pensó Caperucita dándose por vencida. Al menos si iba a morir se sacaría su última duda:
—¿Qué pasó con mi abuela? —gritó, temiendo la respuesta.
El lobo sonrió maliciosamente.
—La carne era vieja pero estaba en buen estado todavía ¡Con lo que debe conformarse un lobo hambriento!
En cierta forma, Caperucita ya lo sabía. Pero al escucharlo de los labios del lobo, dicho con tanto desprecio, se llenó de una furia intensa. Lo giró aplastándole los huesos contra el suelo a causa del peso que llevaba encima y clavó el cuchillo en la pata de la fiera. Éste se levantó súbitamente y Caperucita huyó. Salió fuera. El sol casi se había ocultado y el cielo estaba pintado de un rojo claro. Tenía que volver lo antes posible. Corrió todo lo que pudo, pero el olor de sangre de lobo impregnado en su ropa le dio mucho asco. Inevitablemente vomitó sobre un lecho de tréboles. Ahora no solo tenía olor a sangre y sudor, sino también un horrible aroma a vómito. Para el arroyo faltaba mucho que recorrer, así que volvió al lago del sauce. Se agachó, comenzó a mojarse y a tomar el agua con desesperación.
Cuando se levantó para largarse a correr nuevamente alguien la apresó con una brazada. Era el lobo, con una sábana atada al estómago y otra enroscada al pié, parando así su hemorragia. Obviamente no era nada estúpido.
¿Qué podía hacer Caperucita, ahora? Ya no tenía el cuchillo (y por lo visto tampoco el lobo). La niña pegó al lobo en los testículos con el tacón de su zapato. El lobo la soltó dando un alarido.
Caperucita corrió por el bosque a más no poder. Porque, aunque estuviese herido, el lobo corría a gran velocidad. Cuando a Caperucita se le acababa el aire y sus frágiles piernas iban a torcer, el lobo se desplomó exhausto. Caperucita se alivió, pero no dejó de correr. Las estrellas se asomaban y la noche se tornaba oscura. La niña apuró el paso, gimiendo cada vez más fuerte. Llegó a la entrada de su casa, abrió la puerta y no dio crédito a sus ojos por reflejar ese espectáculo tan terrible. Su madre, tirada en un mar de sangre, agonizaba. Caperucita lloró con todas sus fuerzas y trató de socorrerla pero su madre la detuvo.
—Corre hija —dijo la mujer con dificultad—, tu padre se ha vuelto loco. Traté de explicarle con sinceridad adonde habías ido…
—¡Todo es culpa mía, lo siento! —se lamentó Caperucita. El odio hacia su padre jamás fue tan fuerte.
—¡Vete, hija… —pero antes de que su madre pudiera terminar de hablar, su padre entró dando su acostumbrado portazo.
—¡Niña malcriada! —la cólera de su padre era tan fuerte que a Caperucita el corazón le dio un vuelco. Pero el rencor la mantenía firme. Ya estaba por cometer una locura cuando se le ocurrió una muy buena idea (en realidad era su última esperanza). Se escapó por la ventana y se internó en el bosque. Su padre la siguió. Caperucita sabía que él, como buen cazador, tenía la vista y el oído muy agudo y la encontraría fácilmente. Así que resolvió subirse a un árbol, quedarse inmóvil y esperar que se valla.
Le costó mucho trepar, las piernas y los brazos desnudos se raspaban contra la corteza del árbol. Pero llegó a la copa y se escondió entre las gruesas ramas manteniendo el equilibrio. Su padre pasó bajo el árbol gritando su nombre y otros insultos. Caperucita tembló más que nunca.
¡Si me encuentra me mata!, pensó.
Él no la vio. Cuando estuvo lo suficientemente alejado, Caperucita bajó del árbol. Aún no venía la peor parte del plan. Vio a su padre a lo lejos.
¡Debo hacer que me vea o el plan va a fracasar!
Caperucita pasó frente a él.
—¡Ahí estás! —bramó su padre y comenzó a perseguirla.
Verdaderamente, con lo poco de fuerzas que le quedaban a la niña, fue un milagro que su padre no la hubiera agarrado. Llegó al camino del valle oscuro. Al doblar una curva se internó entre los espesos árboles y retomó el sendero que el lobo le había enseñado para llegar a lo de su abuela, confundiendo a su padre que no pudo seguirla. Sin poder creerlo, Caperucita llegó arrastrándose hacia donde estaba el lobo todavía tratando de incorporarse.
—¡Qué suerte que no te has muerto! —exclamó llorando fuertemente y dirigiéndose a él.
El lobo le lanzó una sombría mirada.
—¡Te lo ruego —dijo Caperucita, arrodillándose ante él —, ayúdame!
—¿Por qué tendría yo que ayudarte a tí después de lo que me has hecho?
—Por que eres mi última esperanza, y por que hay un suculento humano esperándote más allá.
El lobo sonrió como aquella vez cuando le dijo que se había comido a su abuela.
—¿Qué no lo ves? No quiero a tu abuela, ni al humano más grande del mundo ¡te quiero a ti! ¿por qué piensas que he hecho todo esto, niña?
Caperucita miró el suelo un momento.
—Si me ayudas, prometo dejar que me devores luego. Solo quiero honrar la muerte de mi madre matando al hombre que ha arruinado su vida… y la mía.
—¿Aunque debas recurrir a quien se comió a tu abuela? —preguntó el lobo.
Pero ahora no la miraba con odio, sino con profunda seriedad.
—Los lobos matan para alimentarse y vivir, es natural. Prefiero valerme de tí para eliminar al humano más horrible del mundo —su llanto se intensificó.
El lobo la miró y le sonrió tan tiernamente que ya no parecía aquella bestia asesina de hace un rato. Los dos fueron por el bosque hasta encontrar al padre de Caperucita. Ésta se le presentó. Su padre corrió hacia ella tan enfurecido que parecía que iba a explotar.
¡Si me agarra me mata!, volvió a pensar Caperucita cerrando fuertemente los ojos.
Entonces, cuando su padre estaba a menos de un metro de distancia, el lobo salió repentinamente del arbusto en el que se ocultaba y lo derribó. Su padre lo apuntó con la escopeta, pero Caperucita se lo arrancó de las grandes manos, que ya estaban muy débiles. Creyó que no podría ver la encarnizada batalla, pero ahí estaba, firme. No estaba impresionada. Le asombró que el ver las obscenas imágenes de su padre con las extremidades fuera no le halla movido un pelo. ¿Será que ya había visto suficiente sangre el día de hoy? O tal vez odiaba tanto a su padre que no le afectaba verlo morir tan ferozmente.
Como era de esperar, el lobo venció. Luego de engullir a su rival, él y la niña se dirigieron a la casa de Caperucita.
—¿Estás segura que quieres hacer esto? —preguntó el lobo.
—¡Mi madre tendrá el entierro que merece!
Con ayuda del lobo, arrastraron el cadáver de la madre de Caperucita hasta un pozo que el lobo había cavado. La enterraron.
Caperucita miró al lobo.
—Es hora de que cumpla con mi promesa —dijo con frialdad. Se arrodilló frente a él. Estaba feliz, se iría con su madre. Para tener una vida tan horrible como la suya quien querría seguir viviendo. Ahora por fin tendría la paz que quería. Moriría con la conciencia tranquila de saber que honró a su madre.
El lobo sacó la escopeta.
—¿Qué haces? —preguntó la niña con una clara inocencia que nunca había sentido antes.
—Te dispararé primero para que no sientas dolor cuando te coma. No es muy agradable que te desgarren la carne. Créeme que estoy muy orgulloso de ti y que eres la mejor víctima que halla podido tener. Te disfrutaré mucho.
—¿Siempre demuestras tu cariño de esa forma? —rió Caperucita.
—Solo cuando estoy hambriento —rió el lobo —. Es irónico que bromees antes de morir. Veo que no te importa demasiado.
Caperucita se encogió de hombros. Y el lobo concluyó:
—Hace mucho que quiero devorarte. Te respeto mucho ¿sabes?
—Bueno, deja de hablarme así o vas a encariñarte conmigo ¡aprieta el gatillo!
…………………¡BANG!


Y así termina nuestra historia.
Al final, el único que no muere, es el lobo.
Puedes verlo directamente en: http://www.zenkiu.net/es/bitacola_llegeix.php?Article=1590

18 de septiembre de 2011

Una roca que brilla cada 60 años


Posada sobre el valle vecino al Templo Fahua, en la provincia de Yunnan, se halla una curiosa roca esculpida con antiguos caracteres. Pero lo más notable de esta piedra es que, según una antigua leyenda, el sol resplandece sobre ella solamente una vez cada 60 años.

Cuentan que cuando el monje Xuanzang (602- 664 d. C.) iba de regreso a Chang’an, después de haber recibido las escrituras budistas en India, se topó con monstruos acuáticos mientras cruzaba el Río Sha. Entonces, las escrituras cayeron al agua, pero Xuanzang las rescató y buscó un lugar sobre el cual secarlas.

El monje y sus compañeros abrieron las Escrituras sobre una roca y encendieron fuego para secarlas, cuando repentinamente salió el Sol en medio de la noche, iluminando el cielo y la roca, dando el calor necesario para secar el papel mojado.

Dicen que cuando el monje recogió las hojas, observó que los escritos habían quedado impresos sobre la roca, la cual ganó desde ese entonces el nombre de “Roca para secar las escrituras al sol”.

Según informes de la prensa de Yunnan, esta roca mide más de 12 metros de altura y los árboles y la hierba crecen densamente a su alrededor.

Lo curioso es que cuando el sol se encuentra alto en el cielo, iluminando todos los rincones del valle, la roca parece no recibir la luz del astro.




En el frente de la roca, sobre su superficie plana, se observan ocho líneas de antiguos caracteres, cada una con al menos una docena ellos tallados. Además de éstos, se encuentran muchos otros finamente tallados, pero su lectura es casi imposible por el desgaste de la roca.

Algunos de estos caracteres “rizados”, aparentemente anteriores a la Dinastía Chin, son utilizados aún en el diseño de sellos.

Los Testimonios
“El sol brilla sobre la roca una vez cada 60 años. Después de la puesta del sol, el mismo sale detrás de las montañas esa misma noche”, cuenta un profesor de apellido Cao, estudioso de la historia, cultura y geografía china.

Cao evoca relatos de los ancianos de un pueblo cercano a la roca, en particular uno de un leñador que suele ir a la montaña todos los días para recoger leña, pasando de manera obligada cerca de la piedra. Según la historia, una noche, cuando el leñador pasaba junto a la roca, vio salir el sol de nuevo después de haberse ocultado el mismo día. La luz brillante iluminó la roca. Sorprendido, soltó la leña y corrió al pueblo para contarles a los demás.

De acuerdo otro relato narrado por un monje del Templo Fahua, hace unos años la roca brilló por varios minutos la víspera del 20 de marzo.

“Fue alrededor de las 6:00 pm, durante el equinoccio de la primavera de 2005. Vi que el sol iluminaba la roca durante media hora”, contó el monje. “Fue durante la estación lluviosa, y el templo estaba más bien oscuro, como de costumbre. De repente, el sol llenó la sala”.

A pesar de años de haber vivido en el monasterio, el monje aseguró esa fue la única vez que vio el sol en la roca.

De acuerdo con los archivos de la Prefectura de Anning, en una ocasión que la piedra brilló, la barba y cabello en los retratos de Buda en las paredes se hicieron increíblemente vívidos. Poco después, el sol se había ido, y todo se volvió oscuro otra vez.

“Esto fue informado en 1921. La leyenda local dice que el día después del equinoccio de primavera, una vez cada 60 años, después de ocultarse el sol, sale nuevamente en la misma tarde. El Sol brilla sobre la cima de las montañas y el valle, iluminado la roca especial. Los bosques reviven su color, los retratos de Buda irradian un aura dorada, y la sala del templo se llena de brillantes rayos de luz”.